dimarts 26 d’agost de 2008

Arte e ideología - Historia de un engaño - 1

Los que nacimos y crecimos en plena dictadura y decidimos dedicarnos a las letras recordamos perfectamente que, en los ambientes culturales no adictos al régimen, la literatura se valoraba por sus “contenidos”. Si un poema expresaba abiertamente (o veladamente, por miedo a la censura) su repudio al régimen, era un buen poema. Lo contrario era totalmente menospreciable. El prestigio del marxismo impregnó sobre todo los estudios de historia y, a partir de ahí, los de historia de la literatura, y más tarde también los de la teoría literaria. Todo, absolutamente todo, se juzgaba en términos ideológicos. Se fraguaban escuelas en las que un texto literario tenía el mismo valor e importancia que un documento histórico o notarial. Todo era material de estudio para la historia. Los estudiantes de aquella época podían valorar con una facilidad extraordinaria la literatura contemporánea, les era muy fácil saber quienes eran los buenos escritores y quienes los malos. Cuando los “contenidos” eran de izquierdas, las obras eran buenas. Cuando no lo eran, eran malas. En Cataluña, para no poner más que un ejemplo divertido, en el Boletín del PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya), llamado “Arrels”, se hizo una reseña de Da nuces pueris, el primer libro de Gabriel Ferrater, en la que el crítico, poeta también él mismo, firmando con pseudónimo, naturalmente, para librarse de las garras del régimen, mostraba su perplejidad porque en el poema “In memoriam”, que según él trataba de la Guerra Civil, Ferrater no dejaba muy claro si estaba a favor de Franco o de los republicanos. Por consiguiente, no nos podía asegurar si se trataba de un buen poema o no. Lo que el crítico no vio, porque no supo leer, es que en el poema, la Guerra Civil era solo un pretexto y el verdadero tema era el miedo, que sale explícitamente al final del poema. “In memoriam” efectivamente es un poema sobre el miedo. Tampoco vio el crítico las innovaciones formales de la poesía narrativa de Ferrater, ni sus innovaciones métricas, ni nada de nada. Se trata de un solo ejemplo, pero paradigmático. La perla de la comicidad es que los poemas del crítico han caído en el más hondo de los olvidos en menos de cincuenta años, mientras que los de Ferrater se mantienen, continúan vendiéndose y leyéndose. Y al poeta se le considera como un valor en alza y como el poeta catalán más interesante y con más energía moral del todos los de la segunda mitad del siglo XX. En España hay muchos más ejemplos de lo mismo: si el poeta era de izquierdas, sus poemas eran buenos. Si el poeta era de derechas, sus poemas eran malos. En Cataluña, además, había otra perversión: si los poemas estaban escritos en catalán, siempre eran buenos y ganaban premios. Una perla sensacional: el Premi Sant Jordi del año de la publicación de Da nuces pueris, lo ganó el autor de la canción “Se’n va anar”, que ganó el Festival de Eurovisión del mismo año. En cuanto sepa el nombre de los cerebros que formaban parte del jurado, los voy a hacer públicos aquí mismo y comentaré también sus hazañas intelectuales. No se lo pierdan porque nos vamos a reír bastante. Si alguien de los que lean este artículo en mi blog puede ayudarme a averiguar los nombres, se lo agradeceré con toda el alma. De todas formas, estoy en ello.

Bueno, el caso es que así aprendimos a valorar la literatura. Incluso en la Universidad. Pero mi generación tuvo suerte. Tuvo la suerte de contar con maestros que estaban muy lejos de practicar tales majaderías. Tuvimos la suerte de contar con profesores como Riquer, Varlverde, Blecua, Rico y algunos más, que nos sirvieron para despertarnos del engaño en el cual estábamos sumergidos. No tardamos mucho en descubrir que la literatura es un juego que nos permite entrar en un mundo virtual que tiene la fuerza de iluminar nuestras vidas. No es pues un discurso con un “contenido” adornado de cualquier floritura, que haya que leer despojándole precisamente de las florituras para ver ese “contenido”. Esta era (y continúa siendo) una manera infame de leer que fue alimentada por los autores que ocultaban su “contenido” con disfraces cuya finalidad era la de despistar al censor. Fue un descubrimiento para todos los de mi generación darnos cuenta de que en la literatura había verdades que ni la religión, ni la ciencia, ni la filosofía ni nada nos podía dar, verdades que únicamente se encuentran en el arte y que no están formuladas con la lógica del lenguaje referencial. Finalmente este descubrimiento, además de desenmascarar el engaño, armonizaba con nuestra experiencia de lectores de buena fe. El engaño, pues, había sido vencido.

No sé si las generaciones actuales lo tienen más fácil que nosotros. Por lo menos el sistema no les empuja a comulgar con ruedas de molino, pero tienen la desventaja de las modas de las escuelas que Bloom llama “del resentimiento” en las que quedan muchos falsos maestros que continúan con sus fantasías. Por ejemplo: el tardo-marxista Terry Eagleton, profesor –quizás aun en activo- nada menos que de Oxford, (las universidades inglesas ya no son lo que eran) nos instruye diciendo que, cuando la sociedad haya superado sus contradicciones y haya llegado al paraíso marxista, lo más probable es que el teatro de Shakespeare, entre otras cosas, ya no nos interese. Véase esta afirmación suya en Literary theory: an introduction, Blackwell, Oxford UK & Cambridge USA, 1983, págs. 11-12 (Mi edición es una reimpresión de 1994). La literatura, para este señor no es más que lo que la clase social dominante llama literatura. ¿No lo encuentran ustedes divertido? Ahora resulta que las clases sociales superiores nos han estado dando gato por liebre diciéndonos que Cervantes es mejor que Corín Tellado. ¡Y nosotros, pobres, tragando! De todas formas, habría que decirle a Eagleton que no puede imaginarse lo bien que nos lo hemos pasado leyendo lo que las clases dominantes nos han aconsejado leer y lo mal que lo pasábamos cuando leíamos a los poetas que estaban convencidos que su obra iba a acabar con el franquismo.

Pero no perdamos el tiempo en minucias y preguntémonos sobre ideología y arte. Preguntémonos, por ejemplo, sobre la ideología del Nocturno nº 1 de Chopin. ¿Es más o menos progresista que la del nº 5? Necesito saberlo, si no, no podré vivir tranquilo ¿Y La Gioconda? ¿Qué ideología tiene? Me refiero a la del cuadro, no a la de la muchacha retratada. ¿Y la ideología de un vals? ¿Es más reaccionaria que la de un minueto? ¿Y Las Meninas? ¿Será acaso un cuadro reaccionario porque podemos inferir que Velázquez se regocijaba pintando a la clase más dominante de todas, los reyes? Y Tàpies, que pega arena en los lienzos, ¿qué es? ¿Es progresista porque enaltece el polvo? ¿O es reaccionario porque hace cuadros que no representan nada para que sólo los entienda la clase dominante? ¿Por qué son tantos los misterios que nos ocultan los new historicists?

Pasemos a la literatura: ¿tienen ideología los poemas de amor? ¿Cómo es? ¿Reaccionaria o progre? ¿Todas las obras tienen ideología? ¿Coincide con la de sus autores? Admitamos que hay obras literarias que sí tienen ideología. Los discursos del obispo de Carlisle en Ricardo II, por ejemplo, sí la tienen. ¿Es reaccionaria? Claro que sí. Pero el caso es que si Shakespeare no le hubiera hecho hablar de esta manera, su teatro no hubiera sido creíble y no hubiera valido lo que vale. La ideología del obispo Carlisle, pues, no se la podemos atribuir a Shakespeare, sino a su eclesiástico personaje.

Además de este tipo de apariciones ideológicas, hay otros. Una novela, un poema e incluso una obra de teatro, pueden contener ideología al margen del personaje que la expresa. Por ejemplo: Angels in America está repleta de ideología que no necesariamente tiene que ser atribuible a ninguno de sus personajes. La ideología que ha salido de su autor aparece en la obra como un discurso feroz contra la política del presidente Nixon, entre muchas otras cosas. Está claro, pues, que las obras literarias pueden contener ideología, explícita o implícita, como las obras realistas de la Rusia soviética, con obreros alzando la hoz y el martillo, o la bandera comunista o un soldado aplastando la esvástica de los nazis. Si las valoramos según la ideología explícita o implícita, nunca nos podremos poner de acuerdo, porque no todos los lectores tenemos la misma ideología. Sin embargo, la historia sí se pone de acuerdo dejando que perduren las obras que valen la pena y hace que caigan en el olvido las que no valen la pena, como por ejemplo las del arte soviético oficial, que eran muy de izquierdas, precisamente.

Está claro, pues, que la historia no usa criterios ideológicos para que lo malo se olvide y quede lo bueno. La historia, es decir las personas que, siglos tras siglos, se acercan al arte sin prejuicios ideológicos, no se rige por la supuesta ideología que puedan tener las obras. Lo importante, por lo tanto, es que por mucha ideología que exista en una obra literaria, nunca es definitoria de su valor. Eso es lo que los ideólogos metidos a críticos literarios y a historiadores de la literatura no podrán entender ni aceptar jamás por una razón que define muy bien Harold Bloom, que voy a reproducir sin traducir porque está tan bien expresada que incluso la mejor traducción la oscurecería un poco. Dice lo siguiente: “Pragmatically, aesthetic value can be recognized or experienced, but it cannot be conveyed to those who are incapable of grasping its sensations and perceptions. To quarrel on its behalf is always a blunder.”


Volviendo a Angels in America: es una buena obra teatral no porque vaya contra Nixon, sino porque sus valores se manifiestan en la forma, en el lenguaje y en la estética teatrales. Imaginemos esta obra, con su mismo argumento, escrito por un autor de malos culebrones televisivos. No hay duda de que inmediatamente nos daríamos cuenta de que ya no sería una buena obra, aunque ideológicamente tendría exactamente la misma carga.

En la próxima entrega sobre este tema, voy a examinar una balada inglesa de las recogidas por Child, en la cual vemos una ideología explícita destinada a hacer cambiar la conducta de quien la escucha. Es decir: de las peores de todas. Lo ideológico es más o menos esto: “Toda mujer que abandona a su marido y a su hijo para huir con un amante irá al infierno”. La ideología no puede ser más abyecta. Es la típica de los controladores de la conducta humana. Y, la balada, sin embargo, lo veremos pronto, es una pura delicia.




2 comentaris:

Vianant ha dit...

L'espero amb candeletes!

Imma ha dit...

per què en català i castellà ?