diumenge 17 d’agost de 2008

El arte de Alfredo Kraus


La ópera es un arte tan complejo que raramente se produce una representación que nos complazca totalmente. A veces es un cantante (para los que exijan ser políticamente correctos, cada vez que digo “un cantante”, lean también “una cantante” y que perdonen
mi aversión a las repeticiones innecesarias) que no está a la altura, otras es la orquesta, otras el director, y, a menudo hoy en día, lo que ocurre es que la producción teatral es musical y artísticamente analfabeta. Las versiones filmadas, con excepciones notables, son igualmente defectuosas, porque ahí el valor tiene que estar, básicamente, en el lenguaje visual porque el medio es visual. Si esto falla, incluso una buena interpretación vocal y musical puede resultar decepcionante o no totalmente satisfactoria.

La titánica ambición de la ópera empieza por tener que hacer creíble una expresión cantada cuando, en realidad, todos nos expresamos hablando. Hay dos maneras de salvar esta inmensa dificultad de la convención del medio, dos maneras que describiré a partir de una idea que W.H. Auden aplica a la literatura [Véase su ensayo sobre Robert Frost en Selected Essays, Faber and Faber, 1956, pág.145].
El arte nace de nuestro deseo de belleza y verdad y de nuestra experiencia de que no son idénticos. Deseamos que una interpretación operística sea un paraíso terrenal sonoro, un mundo situado fuera del tiempo, que consiste en un puro juego, y que nos deleita precisamente por su contraste con nuestra existencia histórica, con todos sus problemas y con la inevitable presencia del dolor. Pero también deseamos que una interpretación operística sea verdad, es decir: que nos proporcione una especie de revelación sobre nuestra vida, que nos la muestre tal cual es, que nos libere de cualquier engaño, y que nos impida comulgar con ruedas de molino. Y esto se consigue cuando aparece la ilusión de que lo que se nos presenta sobre el escenario "es verdad". No hay arte, ni interpretación vocal, que se libre de la tensión entre la satisfacción de nuestro deseo de belleza y de verdad. Auden dice que cada uno de los dos tipos de arte se pueden asociar con Ariel y Próspero, dos personajes de La tempestad de William Shakespeare.


Ariel, en ópera, rige la consecución vocal. Una técnica perfecta que permite al cantante realizar efectos sobrehumanos y que conduce al espectador a un paraíso terrenal vocal y musical, que no es poco, pero nada más. Y Próspero rige la capacidad de dar credibilidad (es decir: humanidad y verdad) a lo cantado. En cada cantante, pues, hay una tensión entre Ariel y Próspero. Algunos están claramente bajo la influencia de Ariel, como Montserrat Caballé. Otros están claramente bajo la influencia de Próspero, como Maria Callas. Es prácticamente imposible estar a una distancia equidistante de ambos. Cuando surge un cantante que lo está, aparece el milagro.

Por otra parte, el mundo de los amantes de la ópera está lleno de pasiones que son muy difíciles de trasladar al terreno de lo racional. Una prueba: es increíble que en los años cincuenta, los melómanos operísticos crearan la obligatoriedad de adorar a Renata Tebaldi y a odiar Maria Callas o viceversa, cuando está clarísimo que ambas fueron cantantes que no tenían nada que ver entre sí, pero que fueron ambas excelentes. Dejando de lado muchas diferencias de voz, de interpretación, etc, Tebaldi cantaba bajo el manto de Ariel. Y Callas, bajo el de Próspero. Y si todavía queda alguien a quien Callas deje indiferente es porque ese alguien sólo pide perfeccionismo vocal (o incluso exhibicionismo vocal, que es lo que, por ejemplo, Pavarotti daba a su público), lo cual no tiene porque ser criticable
, como tampoco lo es preferir que el cantante consiga dar una credibilidad total a su personaje aun a costa de no tener una voz perfecta. Aureliano Pertile, entre otros, pongamos por caso.

Sobre la perfección de las voces, hay mucho que decir: a un amante de la voz de Jusi Björling difícilmente le puede gustar José Carreras, porque cada voz tiene sus distintas cualidades. Y entre los famosos tres tenores, siempre habrá distintas preferencias para cada uno, y sobre todo habrá mucha gente que prefiera a algún tenor que no estaba entre esos tres, ni estaba dispuesto a dar un espectáculo tan tristemente comercial como el que dieron Pavarotti, Domingo y Carreras (los cito por orden “analfabético”). En realidad, entre las peores pasiones operísticas está la que afirma que hay un mejor tenor, una mejor soprano, etc, porque este concepto no existe. Creo que han sido unos críticos americanos, amigos de Domingo, sin duda, que han ido más allá y lo han declarado “el mejor tenor de la historia”. La tontería ya ha pasado de hablar del "mejor tenor del mundo" al "mejor tenor de la història". ¿Cómo permite el mismísimo Plácido Domingo que le hagan esta putada, que no puede más que perjudicarle porque no se lo cree nadie y ni tan solo le hará ganar mucho más dinero?


Pero dejando de lado esas pasiones, hay otro aspecto interesante en el arte del canto. Un cantante tiene que tener tantas cualidades que es imposible que se encuentren todas en uno solo. Timbre, volumen, tonalidad (por ejemplo: la capacidad para un tenor o una soprano de emitir agudos sin que parezca que los estén degollando), contención, gusto, buen fraseo, musicalidad, capacidad interpretativa (primero: la que se expresa con el rostro más que con los movimientos de los brazos y las manos, y segundo: la que se expresa con la emoción adecuada a cada palabra, a cada frase del canto), credibilidad (y otra vez contención) en los movimientos del cuerpo, y podríamos añadir muchas más que formarían un denominador común con las cualidades teatrales.

Creo que se atribuye a Renata Scotto la afirmación de que es imposible encontrar tantas cualidades en un solo cantante, pero que quien reunía más era Alfredo Kraus. Yo añadiría que Callas también reunía muchas más por la interpretación que por la voz (esa "strana grande vociaccia", como la definió Tullio Serafin). Y Björling por la voz, pero no por la interpetación. Y quizás Ponselle y Caruso también y tantos otros. Esto es lo que hace que Kraus y los demás citados, aunque muy distintos, ocupen lugares excepcionales en la historia del bel canto. Seria otra inadecuación afirmar que son los mejores cantantes de la historia, pero hay que admitir que pertenecen a la galaxia de los incomparables.

No puedo hablar del arte de Alfredo Kraus si no es como un melómano amante de la ópera. No soy músico. No soy especialista ni en voz, ni en canto. Pero he pasado muchas horas en algunos teatros y muchas más escuchando discos. Mi opinión es pues, totalmente personal. Quién busque más información, no puedo menos que recomendarle el libro de Eduardo Lucas.

En primer lugar, me gusta mucho el timbre de Alfredo Kraus. Me es difícil comprender que se diga que su voz es metálica, creo que se necesita otro concepto, entre otras cosas porque se ha convertido en un tópico sin sentido. Se podría decir que es más bien delgada, pero muy bella. No es una voz llena, como la de Björling, por ejemplo. Pero la calidad de la voz de Kraus no puede darse en un tenor de voz llena. Cada tipo de voz nos procura emociones distintas, que no pueden darse en un solo tipo. Habría que citar a muchos que consiguieron una gran excelencia en una o más de cualidades que necesita un cantante (la pureza de la voz de Victoria de los Ángeles o de Alfredo Di Stefano, etc.) La lista sería larga y las atribuciones que daríamos a cada uno de ellos no serían fáciles de concretar porque, a pesar de todo lo dicho, el arte del canto es todavía muy intangible.

Volvamos a Kraus. Hay que tener en cuenta también su musicalidad. Siempre da las notas en su mismo centro, incluso las más agudas, exactamente igual que en su dicción: cada vocal está emitida en su mismo centro, cada una perfectamente distinguible de las demás.
Estas cualidades son importantísimas, pero por encima de todas está su sentido del gusto. Las frases están cantadas con una perfección única y siempre despiertan emoción a partir de su fraseo, de su forma, podría decirse. Estoy convencido de que esta es una característica que no se aprende, sino que surge de la capacidad estética del artista. Quien no la posee, difícilmente puede aprenderla puesto que está íntimamente relacionada con la individualidad del cantante. Imitarla significaría no ser uno mismo, sino una fotocopia de otro. Y todo artista consigue sus más altas cotas más allá de la imitación. Para usar una valiosa comparación de Ramón Gaya aplicada a la pintura, podríamos decir que hay artistas que crean arte (son casi siempre los que están bajo la protección de Ariel) y otros que crean vida (son casi siempre los que están bajo la protección de Próspero). Velázquez, según Gaya, y con razón, pertenece al mundo de estos últimos.

No se puede decir que Kraus, en escena, fuera el mejor actor del mundo, pero conseguía ser muy bueno a base de su uso de la contención. Ni un gesto, ni una mueca innecesaria. Absolutamente todo estaba al servicio de la partitura, por una parte, y de su interpretación de la misma por otra. Kraus rezumaba verdad en cada uno de sus papeles, creaba verdad. Afortunadamente nos quedan muchas grabaciones de vídeo de sus interpretaciones, cosa que, desgraciadamente, no podemos decir de Callas.

Si alguien de los que me lee posee una grabación del aria de Nadir “Je crois entendre encore” de Les pêcheurs de perles, y también una versión en italiano “Mi par d’udir encore” y las compara, se dará cuenta inmediatamente de que, siempre sirviendo la partitura con un respeto total, las diferencias vienen dadas por el texto, porque también el texto es una partitura y también las vocales expresan cosas distintas y, por consiguiente, al no coincidir en ambas versiones, Kraus las aprovecha para dar distinta expresión en cada una de las versiones. Y otra característica que revela su artistry. Si comparamos más de una grabación de la misma aria u ópera, jamás nos encontraremos con interpretaciones idénticas. Siempre hay diferencias interesantes.

El sello Boacor nos ofreció en 2005 (ya era hora de que a alguien se le ocurriera editar un conjunto de arias de Kraus) tres álbumes. En el primero, arias de Giordano, de Boito, de Gounod, de Thomas, de Bizet, de Lalo y de Massenet. En el segundo tenemos además, arias de Donizetti, Delibes, Leoncavallo, y cinco de Puccini, que nos dan una ida de lo que hubiera sido poder ver a Kraus interpretando óperas de este autor. Bellini, Verdi y Cherubini son los autores que aparecen también en el tercer álbum. Los tres son una joya rara. Son tres discos que uno no se cansaría nunca de escuchar porque a cada audición se descubren cosas nuevas, cosa que raramente ocurre con otros cantantes. Y para que todo el mundo se dé cuenta del país donde vivimos, esos álbumes se venden de rebaja a cuatro euros cada uno, porque seguramente no hay la suficiente demanda para que se paguen a precio normal. ¿Qué demonio de país es éste, que supo producir películas mediocres con el cantante, pero ni una sola ópera traducida al lenguaje cinematográfico? ¿Cómo es posible que TVE no se diera cuenta de lo que teníamos en España y no grabara el máximo de representaciones o no las produjera?

Hay una grabación con una enorme cantidad de lastre. Me refiero a la famosa Traviata de Lisboa. El director es poco más que un saco de patatas. Se oye mucho la voz del apuntador, bastante incompetente, por cierto; la orquesta desafina; el coro parece salido del mismo infierno, los cantantes secundarios hacen lo que pueden. Todo sería un desastre total, de no ser por Kraus y Callas, cuyas voces se mezclan creando un nuevo timbre y su interpretación es absolutamente magistral. También es incomprensible como EMI / LA VOZ DE SU AMO no se dio cuenta de lo maravilloso que hubiera sido grabar óperas con estas dos voces y un buen conjunto coral y orquestal. ¿Quien era el incompetente que dirigía esta multinacional, y cómo no se le ocurrió explotar esta combinación, ni en audio ni en video? Lo mismo ocurrió con Callas: ¿como es posible que, aparte de unos pocos conciertos (el de Hamburgo de 1959 es un verdadero regalo del cielo), no tengamos más que la grabación de un solo acto (el tercero) de Tosca, una en París, el día de su debut. Y otra en Londres, pocos años más tarde.
Supongo que la explicación de estas lagunas está en que quien manda en las multinacionales no es lo suficientemente listo para calibrar lo que seria un negocio fabuloso filmando representaciones de valor o bien crearlas. Exactamente lo mismo ocurre con los políticos: cuando se dedican a repartir dinero para la cultura, como les es imposible calibrar la calidad, lo reparten con criterios políticos o amiguistas.

Volvamos otra vez a Kraus. Decíamos que su manera de cantar era capaz de crear vida, lo cual genera la mejor de las emociones. Ya sé que hay mucha gente que se emociona con las voces de agudos fáciles. Estoy bastante convencido de que estas voces pasarán. Podemos tardar más o menos, pero pasarán. Lo que realmente resiste el paso del tiempo es el arte que crea vida. Entonces, ¿debemos concluir que Kraus era un cantante dominado por Próspero? La pregunta es demasiado simple, porque no hay Pròspero sin el soporte de Ariel. Pero sí existe Ariel sin ninguna manisfestación de Próspero. Mi respuesta es que Kraus estaba dominado por ambos, y que es precisamente el milagroso equilibrio dentro de esta tensión lo que pone sus interpretaciones en una galaxia aparte.

2 comentaris:

Vianant ha dit...

Plenament d'acord. Kraus, uf!, què es pot dir de Kraus?

Arturo ha dit...

Le agradezco mucho este artículo sobre voces y ópera y le "perdono" su declarada pasión por Alfredo Kraus, inolvidable tenor lírico-ligero, cuyo timbre desgraciadamente no goza de mi aprecio, si bien el resto de us cualidades admiro sin reservas.

He llegado al bloq de Salvador Oliva, enlazando por recomendación de "Emilio"; como soy venezolano, dificilmente puedo apreciar en lo que vale este blog, pero lo que he sido capaz de leer y comprender, es extraordinario.

Gracias Emilio, gracias Salvador.