dissabte 6 de setembre de 2008

Arte e ideología: moral y moralidad -5-



Creo que el primero que lo explicó de una manera precisa fue Horacio. “El mérito” -dijo- “se lo lleva quien combina lo dulce con lo útil, deleitando al lector y a la vez instruyéndole.” Lo dulce es el deleite y lo útil es la instrucción. Quien se deleita y se instruye es el lector, pero ¿cuál?, porque no todos somos iguales, ni disfrutamos leyendo las mismas cosas, ni viendo las mismas películas, ni contemplando los mismos cuadros. Es obvio que hay obras mejores que otras y para reconocer la cualidad o el valor se necesita aprendizaje y sobre todo experiencia lectora. Hay que empezar siempre por lo clásicos, que son los más seguros, porque el tiempo se encarga de seleccionar las obras que valen. Si continúan interesando a través de los años y de los siglos, las obras permanecen. Si dejan de interesar, caen en el olvido. Cualquier amante del cine sabe hasta qué punto a muchas películas que pueden haber gustado en su momento, les han pasado los años y ya no interesan a las nuevas generaciones. La realidad es que sólo permanece lo que tiene cualidad.
Sé que lo que acabo de escribir no gusta a muchísima gente. Ahora, lo que está de moda, sobre todo entre los jóvenes, es la relatividad del gusto. No hay obras buenas ni malas: hay obras que te gustan y obras que no te gustan y, como todos tenemos gustos distintos, la conclusión es que no existe la objetividad en cuestiones de gusto. A menudo se oye la frase preferida de los relativistas: “Entre gustos no hay nada escrito”. Pero quienes se apoyan en esta frase deberían saber que entre gustos hay mucho escrito y muy bueno. Simplemente hay que leerlo. Y, como he dicho antes, la historia siempre se encarga de arrinconar lo malo y preservar lo bueno. Los relativistas más “cultos” (casi siempre son académicos) dicen que esto no es verdad, que la selección de la historia es fluctuante y ponen como ejemplo la indiferencia que el siglo dieciocho sentía por Shakespeare, mientras que el diecinueve vio como se despertaba una gran pasión por el dramaturgo, pasión que no solamente sigue viva sino que tiende a aumentar. A veces también se pone como ejemplo las revalorizaciones de autores olvidados. Que la historia sea fluctuante es normal, de la misma manera que los gustos personales también son fluctuantes a través del tiempo que dura una vida. Las objeciones de los relativistas no son consistentes porque, en primer lugar, el olvido de Shakespeare durante el siglo dieciocho no fue total, y, en segundo lugar, porque se explica por los cánones estéticos de la época. Las reglas para crear obras de teatro eran consideradas como algo esencial y Shakespeare, con una libertad extraordinaria, las rompió todas. Y no es que esto no gustara, lo que pasó es que costaba más de entender y, por lo tanto, hay que considerarlo como una excepción a la regla. Y si un gran autor puede caer en un cierto olvido durante unos años, lo que no ocurre jamás es que un autor malo se revalorice. Otro ejemplo: a los románticos no les gustaba el siglo dieciocho, pero a nosotros ahora, nos es más fácil de comprender sus preocupaciones y sus logros. El problema con los relativistas, a mi entender, es la confusión entre el placer estético y el placer ideológico.
Un tipo de objeción relativista a la objetividad del valor artístico es la objeción ideológica. “La literatura es” -dicen- “lo que las clases dominantes deciden que sea” (Terry Eagleton dixit). Pero todos sabemos que, entre las clases dominantes, hay muchos ignorantes. Y no son éstos precisamente quienes nos dictan lo que es y lo que no es la literatura o el arte. Es el paso de los años lo que lo decide. El poder de la antigua Unión Soviética, pongamos por caso, decidió lo que tenía que ser arte y literatura en Rusia, pero curiosamente aquellas decisiones hace tiempo que dan risa. Claro que el poder siempre quiere decidir lo que tenemos que leer y lo que no, y está claro que puede conseguirlo mientras el poder no cambie. Pero incluso antes de la Perestroika, el arte soviético ya les daba risa incluso a los comunistas más sensatos. Si no lo decían en voz alta era por el terror a ser considerados disidentes y ser enviados a un campo de concentración.
Actualmente son las escuelas del resentimiento las que quieren decidir qué es literatura y qué no lo es. Tienen una influencia enorme, pero sólo en las universidades; y sus excesos ya no se los cree nadie. El ya tan traído y llevado ejemplo de que un escritor es bueno si es mujer, lesbiana, negra y de clase baja es grotesco. Ni tampoco ningún colectivo gay cree ya que una novela o una película es buena si trata de amores entre personas del mismo sexo. El valor de la obra de arte está más allá de todo esto, está en la imaginación formal y en la imaginación moral (lo dulce y lo útil, según Horacio), sea cual sea el argumento, sean cuales sea el sexo del escritor, sean cuales sean las tendencias sexuales o la religión de sus personajes o de sus autores, sea cual sea el volumen de la cuenta corriente del escritor, sean cual sea la conclusión a qué lleguemos sobre el supuesto progresismo o reaccionarismo de una determinada obra. Todo esto es ajeno a la literatura y a sus valores intrínsecos. De manera que mi consejo a los jóvenes es que no se dejen pervertir por las escuelas de moda, que son las que Bloom bautizó como "escuelas del resentimiento", y que hace tiempo que han conquistado una buena mayoría de las cátedras de las facultades americanas y europeas. Lo que intentan imponer es un canon ideológico de obras y autores elaborado con criterios extrínsecos a la literatura y al arte. De todas maneras, mi intención no es luchar contra los partidarios de estas escuelas. Sé que han ganado muchas batallas y que acabarán ganando la guerra. Les es muy fácil ganar adeptos porque lo que enseñan, en realidad, es facilón y no requiere ningún esfuerzo intelectual. Además sé perfectamente que cualquier cosa que yo escriba sobre este tema va destinado a unos pocos y no quiero dar palos de ciego, ni mi intención es crear ninguna escuela, ni tener discípulos, ni nada por el estilo.
Lo intrínseco a la literatura y el arte es muy fácil de detectar; es todo aquello que solamente el arte y la literatura nos puede dar. El problema es cómo se reconoce, porque, como todas las cosas importantes de la vida, el arte y la literatura no se pueden enseñar. Bloom lo expresó a la perfección, como vimos en el número ¿ de esta serie. Lo único que hay que se puede hacer es aprender a leer mejor un poema, una novela, a mirar mejor una película, y a contemplar un cuadro. Y eso se aprende haciéndolo y, cuando uno es joven, depositando temporalmente la confianza a alguien que tenga experiencia.
¿Qué es, pues, la moralidad y la moral -en resumen, la ética- en la obra de arte? Lo primero que hay que decir es que se trata de algo es bastante intangible porque no se aparece nunca de una manera explícita en al obra. Ni tampoco es una parte del todo, susceptible de poder aislarse. Creo que fue Oscar Wilde, que siempre acertaba, quien dijo que las preferencias éticas de un artista son imperdonables. Y efectivamente: en cuando detectamos una, aparecen las primeras molestias de la enfermedad. La ética de una obra de arte sólo puede ser el resultado de la reviviscencia íntima y personal con la obra y nace siempre de la forma. Y esa reviviscencia no es nunca idéntica en dos lectores. Se habla, naturalmente, de que un autor tiene más energía moral que otro, pero eso no quiere decir que ésta sea aislable y visible. Aparece cuando el autor ha sido capaz de despertar en el lector algo que le instruye después (y sólo después) de haberle deleitado. Si no hay deleite, no hay nada. De ahí que, para que un autor tenga energía moral, debe tener también energía formal. Aquella depende de ésta.
La energía moral, por otra parte, no tiene por qué pertenecer al autor de carne y hueso. Hay muchos buenos autores, e incluso grandes, que personalmente fueron (o son, si están vivos) personas moralmente repugnantes. No tiene nada que ver la vida de un autor con su capacidad para estimular la energía moral de sus lectores. No tiene nada que ver su ideología: pueden ser fachas revolucionarios o apolíticos; nada de esto es capaz de configurar los valores de una obra de arte.
Lo que acabo de decir explica por qué no hay mucha bibliografía sobre el componente ético de las obras. Al tratarse de un asunto personal de cada lector, se hace. Juan Ferraté lo expresó muy bien en un capítulo de su Dinámica de la poesía: “Ficción y realidad en la poesía de Góngora”: “Será […] sólo a la vida de cada cual, a cada uno de nosotros personalmente, a quien corresponderá decidir acerca de la aplicación personal del arte”. Y lo corrobora con la cita de un fragmento de New year’s letter, de W.H. Auden:

And each life must itself decide
to what and how it be applied.

Y sobre el valor, concluye de esta manera:

“[…] el valor de una obra poética no reside, por supuesto en la realidad a que se refiere y a la que tiene por pretexto, aunque la realidad se una condición necesaria de su valor. El valor de la obra está en la peculiar transparencia y complicación de la imaginación […] que ella nos propone. El tema de la obra consiste en el desarrollo de dicha imaginación, en la configuración imaginativa del pretexto de que parte.”


2 comentaris:

m0renita ha dit...

Em pregunto per què no hi he arribat abans, aquí. Tot just t'acabo de citar en una discussioneta molt tonta i justeta sobre poesia encetada dijous passat.

ramon ha dit...

Interesants apunts. Hi han unes quantes veritats

(L'enhorabona pel nou bloc).